Difícil presentar una sola mujer significativa en mi vida.
Soy una persona afortunada, pues he contado con el apoyo y el amor de grandes mujeres en mi pequeña familia: mi abuela, mi madre, mi hermana, mi sobrina. Pero la vida me ha puesto en contacto también con muchas hermosas y valientes mujeres, amigas que me han acompañado y aportado valiosas enseñanzas, que han iluminado mi oscuridad en momentos difíciles, y que han compartido mis alegrías tanto como mis penas, haciéndome mejor persona, sosteniéndome y consiguiendo que recuperara la esperanza cuando las fuerzas flaqueaban.
Pero tengo que elegir a una mujer significativa, y esa va a ser mi abuela.
No se puede resumir en unos breves detalles la vida de esta mujer maravillosa que salió adelante a pesar de los tristes sucesos acaecidos en su vida, en una época terrible de la historia de este país. Si he de elegir tres detalles para que os hagáis una pequeña idea de lo que fue esta increíble mujer, aquí están:
Ella leía las cartas que llegaban desde el frente durante la guerra civil a sus vecinas, y también escribía cartas a sus maridos, hijos... No muchas personas sabían entonces leer. Mi abuela era una de las que había aprendido.
Mujer instruida que no había necesitado jamás trabajar fuera de su casa, se vio obligada de la noche a la mañana a buscar todo tipo empleos para sacar adelante a sus tres hijos pequeños mientras su marido estaba en la cárcel, y más tarde, durante la guerra civil, en el frente, de donde ya nunca regresó. Lavando ropa, haciendo trabajos en el campo, actividades que curvaron su espalda hasta mermar su talla. Así la conocí yo: una dulce anciana encorvada tras tantos años duros de trabajo y dolor.
Mi abuela vivía en mi casa, y fue ella quien nos crió a mi hermana y a mí mientras mi padre y mi madre trabajaban.
Aunque su vista le fallaba, siempre tenía algún libro para leer o un vestido que coser para mis muñecas. Y cuidaba las plantas, otra de sus aficiones favoritas.
Para finalizar, como acción memorable me viene a la mente aquella vez que, estando sola en la cocina, tropezó con un escalón y se golpeó la frente contra una repisa de la depensa, abriéndose una brecha que empezó a manar abundante sangre. A pesar de la herida, se apresuró a ir a cerrar el fuego de la cocina donde estaba preparando la comida: temía que se apagara y no darse cuenta por el dolor y porque además, mi abuela sufría de anosmia: no tenía sentido del olfato.
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